La alta densidad no es buena per se. Mal manejada puede traducirse en hacinamiento y promiscuidad, en deterioro del paisaje y congestión vehicular. Vivir en la densidad exige determinadas reglas de convivencia entre los edificios y el entorno en que se insertan. La historia al respecto es abundante. La construcción sin ningún tipo de regulación de los primeros rascacielos en Nueva York, como el Equitable (1915) y el Woolworth (1916) —en gran medida simples extrusiones de la manzana— produjo zonas permanentes de sombra que generaron el deterioro inmediato de las edificaciones que les rodeaban. Esto obligó a la ciudad a establecer un sistema normativo para la densidad que dejaría de entenderse como un crecimiento indiscriminado en la vertical. Primero aparecerían líneas de rasante, re-tranqueos y conos de edificación orientados a garantizar minutos de sol a las propiedades vecinas. Luego se regularía el estacionamiento, con la restricción del número de cajones para así desincentivar la llegada a los nuevas moles en automóvil particular; en la Gran Manzana, la alta densidad urbana no se entendería disociada de las redes de transporte público, única forma de alimentar grandes concentraciones de vivienda, comercio y servicio en áreas reducidas; The Shard, en Londres —el recientemente inaugurado edificio de Renzo Piano que es el más alto de Europa— sólo ofrece 48 cajones de estacionamiento a los 12,000 ocupantes de sus 87 pisos.
+info: http://www.arquine.com/blog/las-reglas-de-la-densidad/

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